NARRATIVA

Anthony Bourdain se suicidó. Compai, y nosotros donde estamos?

Anthony Bourdain se suicidó. Compai, ¿en qué posición quedamos nosotros?

Por Fabian Villegas

 

Recuerdo que paradójicamente la primera vez que participe en una conversación desprejuiciada sobre salud mental y masculinidades fue en Puerto Rico en el 2013, en un taller donde discutimos asuntos de colonialidad y construcción de masculinidades no hegemónicas, y no eurocéntricas, asunto complicado cuando todas las referencias analíticas y conceptuales para hablar de masculinidades no hegemónicas son profundamente blancas y coloniales.

Uno de los ejemplos que tomamos como referencia fue el caso de Grecia y los alarmantes casos de problemas de salud mental en los hombres, asociados al desempleo, consecuencia de la coyuntura de la crisis económica del 2007. La discusión obviamente nos llevó a hablar de 20,000 temas, masculinidades y alcoholismo como un problema alarmante de salud pública en los contextos rurales, masculinidades, vulnerabilidad y sistema penitenciario, masculinidades, relaciones interraciales e imaginarios coloniales, masculinidades, desempleo y salud mental.

Fue interesante identificar que solo a través de aquella perspectiva materialista que asocia los síntomas a los vectores de opresión múltiple, fue que se pudo abrir una conversación testimonial sobre masculinidad, y vulnerabilidad, masculinidad y salud mental, masculinidad y salud emocional. Tenemos una profunda resistencia a exponernos públicamente como vulnerables, susceptibles, y a dialogar abiertamente sobre salud mental, las razones son obvias y no tan obvias.

Por un lado el paradigma patriarcal exige mandatoriamente que el lugar discursivo del hombre es escapar públicamente del lugar de la afección, asume incluso que como hombre complejizar sobre nuestra propia salud emocional, salud mental es una castración, un trastorno, una debilidad, que erosiona el significante masculino. Ahora bien si ese significante masculino esta racializado o periferizado, la cuestión se complica, se estigmatiza de una forma aún más negativa que ocupe ese lugar de la afección.

Por otro lado es una realidad que el tratamiento institucional y la perspectiva epistémica sobre salud mental de forma general en nuestros países es peor que lamentable, una desgracia analítica, una vergüenza científica que no articula “síntomas” con materialidad social y condiciones sociales de existencia.

 Por un lado es un reduccionismo “clínico” que asume que las causas de todo síntoma son exclusivamente orgánicas, ancladas a una lesión “objetiva”. Por otro lado es un reduccionismo epistémico en el sentido “terapéutico”, cuando hace de la identidad del paciente un sujeto ahistórico, desarticulado de cualquier relación histórica, geopolítica, corpo-politica.

El que las causas del síntoma sean reducidas en su mayoría exclusivamente a una cuestión orgánica, o una lesión objetiva, y no una cuestión asociada a materialidad social y a condiciones sociales de existencia refuerza los estigmas culturales que asocian la salud mental a la representación de trastorno e irracionalidad.

Lo paradójico es que la misma Organización Mundial de la Salud, que reconoce la interseccionalidad de la salud mental, en bienestar emocional, psicológico y social, sea incapaz de identificar la transversalidad de la salud mental con las condiciones sociales de existencia, correlatos de dominación y vectores de opresión múltiple.

Si no se dimensiona desde ese espectro, el famoso síndrome norafricano de Fanon sería algo anecdótico, la depresión de migrantes Paquistanies en España, hubiese sido una simple estadística y no un problema gravísimo de salud pública, el incremento de la ansiedad y el pánico en el México necro político no sería uno de los primeros problemas de salud mental de los últimos 12 años. La Grecia postcrisis no hubiese pasado de ser el país con el índice más bajo de suicidios en Europa a ser el número uno, y en Europa no se hubiese nombrado ese incremento en el índice de suicidios como suicidios económicos.

El tabú y el estigma no son privativos de la gente, son resultado de los estigmas culturales, morales que se reproducen institucionalmente sobre salud mental en la agenda pública.

Nos urge entender también la salud desde otro dialogo civilizatorio comprometido con la transversalidad de la cultura y el pensamiento crítico, esa es la única oportunidad que tenemos para desestigmatizar padecimientos, politizar identidades, oxigenar más el cuerpo y hablar más de circunstancias y no de enfermos y enfermedades.

En ese sentido poner de relieve el carácter eurocéntrico, colonial, racista, y epistemicida de la psiquiatría, psicología, o terapia psicoanalítica no significa pensar que la salud mental es un privilegio racial, un problema del primer mundo, blanco y hegemónico. Por el contrario implica politizar y contextualizar la conversación entendiendo que las posibilidades de atravesar por problemas de salud mental/emocional son mucho más factibles en contextos y países más pobres y periféricos, donde las condiciones sociales de existencia articulan más vectores de desigualdad y opresión. Sea esto por razones de violencia, desempleo, acoso, desplazamiento, inseguridad, guerras, genética, estatus socio económico, dominación, relaciones de poder o conflicto social.

El 75 % de los problemas de salud mental en el mundo se concentran en los países del tercer mundo, lo aberrante es la poca atención y seriedad en términos de inversión e investigación que estos Estados le dan a la salud mental.

El activista y abogado nigeriano Sangu Delle menciona como en todo el continente africano se destina solo alrededor del 1% del presupuesto para la salud mental, o como en Nigeria existen menos de 200 psiquiatras para un país de 190 millones de habitantes.

Para decirlo cabalmente desestimamos el diagnóstico sobre salud mental entre muchas razones por no estar asociado a materialidad social, o a condiciones sociales de existencia, pero bajo esa misma perspectiva cometemos el error de desestimar nuestros propios problemas de salud mental pensando que no son una prioridad, que no podemos darnos el lujo de resolverlos, pues nuestra prioridad son los problemas asociados a “nuestras condiciones sociales de existencia”. Un ciclo y espiral complejo.

Escribí esta nota a propósito de Anthony Bourdain, obviamente manteniendo las diferencias entre él y el cuerpo del análisis. De su vida personal no se mas allá de dos libros magníficos que tuve oportunidad de leer, y un programa de televisión bastante entretenido. En fin, ese no es el punto.

Mucha luz y larga vida campeón.

Es una oportunidad para desclosetizar los problemas de salud mental, para no vivirlos en estigma, soledad o vergüenza, cambiemos la narrativa.

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