NARRATIVA

Respiración boca a boca.

Respiración boca a boca:

Colonialismo  y  Poeticas del desarraigo

 

Por: Betún Valerio

 

“Vengo de un pedazo de mapa de aproximadamente 130 millones de habitantes, donde en los últimos 10-15 años existen cerca de 200 mil muertas/os, cerca de 100 mil desaparecidas/os, donde feminicidios en barrios empobrecidos y racializados  es cosa de todos los días. Tenemos una grave crisis de derechos humanos junto a la ineficiencia del sistema de justicia que amplifica la corrupción y la impunidad en todos los niveles. Mi nombre es Betún Valerio y vengo de un país llamado México”

 

Existen múltiples posibilidades de presentarse frente a un público congregado para escucharte, quizá dichas posibilidades se reduzcan si pensamos en el “protocolo” que conlleva un Festival internacional de Poesía, pero sin duda, lo cosa necesita más que del fulgor risible que desprende la etiqueta “poeta” cuando te encuentras frente a un público de entre los 12 y los 18 años, ahí uno requiere, más que trucos de un súper estrella marginal, no subestimar la capacidad crítica de las/os jóvenes dispuestos a escucharte.

 

Tuve la oportunidad de compartir mi palabra en diversos colegios, escuelas y centros comunitarios  por algunos rincones de Centroamérica muy recientemente, y debo decir, que más que un recurso para captar la atención, hablar del espacio del que provengo hace parte de mi trabajo, situándome geopolíticamente y ubicando mi corporalidad dentro de relaciones sociales, vínculos y redes de intercambio, ejercicios de poder, pero también como un lugar con memoria histórica.

 

Quizá en algún momento pudimos entender que en nuestro lenguaje las memorias corporales brindaban la posibilidad de conectar con otra/o, que la urgencia de mirar nuestros contextos era en si mismo ver que existen similitudes orgánicas, puentes históricos y experiencias afines, que la interpelación que se pudiera generar por lo que otra boca dice, no va solo del discurso, sino del cuerpo que lo representa, y del cual emana ese discurso, sea politizado o no.

 

Siendo participe de una de las fracciones más críticas al  interior de la cultura Hip Hop en la Ciudad de México durante algunos años, me ha brindado experiencias que de uno u otro modo no hubiera tenido, no solo por el interés particular, sino porque la oferta cultural, el universo académico y los círculos del arte dominante se balancean entre ejercicios de entretenimiento consumible y simulaciones con escaza crítica frente a contextos que exigen mayor complejidad y responsabilidad. Y digo que he sido afortunado, porque el sentido de pertenencia que pudo darme esta cultura  y sus múltiples procesos creativos que operaban sobre mi persona, no solo fueron un incentivo en el sentido de empoderar mis lenguajes corporales, mis cuentos e historias, sino la posibilidad de entender mi existencia políticamente.

 

No hay forma más burda, por no decir absurda, que entender al Hip hop exclusivamente desde narrativas folclóricas de los “4 elementos”, sobre todo cuando quienes hacen parte de esta cultura, habitamos contextos de deshumanización y violencia sistémica, que nos exigen florecer proyectos artísticos e iniciativas culturales que sean un motor de acompañamiento comunitario e incentivo para la transformación social.     

 

Observar el escenario cultural en México, es quizá observar como modelos coloniales pasan por modelos culturales. De cómo, que y quien produce arte, cultura y conocimientos, y quien es el que recibe dicho paquete por parte de estos grupos y círculos que socializan la cultura y el arte predominantemente. No es gratuito, por ejemplo, que las industrias culturales, llevando al conservadurismo como bandera prioricen narrativas hegemónicas de la mano de ideologías dominantes que permiten prácticas racistas/clasistas, soslayando el pensamiento crítico, y generando en su seno, una especie de asimilación cultural.

 

Quizá por dichos procesos de asimilación y normalización, ha sido difícil seguir el rastro y reconocer al colonialismo más allá del entendimiento de un proceso socio-histórico que culmino con los proyectos independentistas latinoamericanos, creando una ilusión emancipatoria guiada por la normatividad educativa del criollismo, hasta el punto incluso, de hoy día, ser una efeméride celebratoria.

 

Sin duda, este es un mérito colonial. Contarle a nuestro cuerpo y memoria colectiva que las múltiples violencias padecidas hicieron parte de gestos civilizatorios necesarios.

 

¿Dónde fue que culmino el colonialismo?

Como si la defensa por el territorio no fuera una defensa por la vida y esta no fuera la versión siglo XXI de la oposición a la muerte venida en barco, y el genocidio de la conquista y colonización española no fueran una trailer anticipado de la imposibilidad del “progreso” positivista, la persecución y criminalización de decenas de activistas sociales, autoridades indígenas y líderes comunitarias, de políticas de contrainsurgencia y terrorismo político y violencia territorial, de la destrucción de la naturaleza, de la judicialización de quien defiende la tierra de las hidroeléctricas y de todo mecanismo extractivista de lógica colonial.

 

Como si no estuviéramos debatiéndonos entre la imposibilidad de respirar y las posibilidades de utilizar nuestra boca como un puente de esperanzas, como si no estuviéramos al borde del precipicio y el arte no fuera un pretexto para no morir, para pregonar vida.

 

Si tuviera la posibilidad de enfrascarme nuevamente en una discusión estéril en torno a lo que “es” y “no es” poesía, sin pensarlo me alejaría, o en la incapacidad, me haría “el mudo” en dos segundos, el “sordo” en tres o simplemente, (utilizaría una de esas prácticas recurrentes, de supuesta irreverencia, que caracterizan a ese tipo de poetas dentro de la escena Slam Poetry en México para ganarse un puntaje mayor) levantaría la cara y vomitaría, en mi caso particular, con la dignidad no confiscada alzaría lentamente mi brazo para limpiarme de la manera más cínica interrumpiendo dicha escena.

 

Problematizar tal dicotomía vendría de la mano del entendimiento de lo que “es” y “no es” arte y sin duda tendríamos que acudir a ver ese cuadro colonial donde la Europa blanco-burguesa dictaba con el dedo los parámetros culturales e imaginarios estéticos que regirían y se debían seguir para que su magnificencia pudiera otorgar, con aires de sofisticación, la etiqueta “arte”.

 

Y digo acudir, porque fue esa hegemónica razón a través del arte, la que no solo fue imponiendo reglas y códigos, sino que hoy en día, sigue escondiendo su mano, como si no importara el lugar desde el que se habla, la posición de mundo que se asume, su lugar en las relaciones de poder y de producción de conocimientos que trascienden discusiones en torno a lo meramente estético, y que desde sucursales culturales tercermundistas crean cíclicamente una materialidad en la producción cultural que define, no solo qué es y que no es, sino quien produce arte y quien no, determinando la anulación/ invisibilización/ muerte de personas y colectivos que no se asimilan a los moldes estrechos del arte moderno/colonial.

 

De aquí que las posibilidades de ver (nos) y compartirnos a través de diálogos, talleres, conversaciones, proyecciones y lecturas se hallan redefinido momentáneamente, dejando de lado la huella colonial que indica quien otorga conocimientos y quien recibe los mismos, quien sabe y a quien hacerle saber, y que es necesario crear herramientas y estrategias que ponderen otra comunicación, otras miradas, interrogando dinámicas de opresión, quizá rompiendo el protocolo, reconstruyendo el espacio por un segundo, fisurando relaciones jerárquicas, haciendo grietas y reconociendo nuestro cuerpo como vehículo de transgresión, como un territorio político, diría Dorotea Gómez, quien sabe que el mismo, ha sido “nombrado y construido a partir de ideologías, discursos e ideas que han justificado su opresión, su explotación, su sometimiento, su enajenación y su devaluación.”

 

Y de aquí al desarraigo, desobediencia y desaprendizaje desde nuestro cuerpo, mismo que históricamente ha sido atravesado por violencias coloniales, por identidades nacionales e imaginarios raciales. Cuerpo que se debate en las posibilidades de existir dignamente desde los márgenes sin tener que convencer a “las eminencias” dentro del campo del arte, porque el arte que se produce primeramente está vitalizado por un entorno desfavorable que le arrebata la dignidad y la posibilidad de respirar, cuerpo que más que validación estética, utiliza diversas expresiones artísticas y prácticas culturales como motor de reflexión y transformación social. Cuerpo que se entendió como comunidad.

 

Si, la poesía también es un lugar más donde se incuban lenguajes académicos estériles, metáforas metafísicas, estéticas conservadoras e ideologías dominantes. Quizá como “oficio” la poesía en sí es un descaro, cosa que Audre Lorde seguramente tenia presente al aseverar que “la poesía no es un lujo”. Por ello mismo no es difícil entender que la autodeterminación estética que exponemos es solo una posibilidad de construir otros lenguajes y significados más allá de la casi infranqueable blanquitud y sus argucias hegemónicas, y que a pesar de que la materialidad en su producción cultural sean la contraparte de la anulación/exterminio/muerte de otras formas de entendimiento del arte y de quien lo produce, aquí seguimos.

 

De las periferias de la ciudad de México a las calles de Huehuetenango y hasta los barrios de Chamelecón, de Aguacatán y San pedro Perulapán a Ciudad Azteca y Cuauhtepec, de Xochimilco  e Iztapalapa a Tegucigalpa y Santa  Rosa de Lima, de San Salvador, Comalapa y San Pedro Sula hasta los márgenes donde habitamos y donde creamos afecto a través de escuchar (nos) y descubrirnos en otras historias, cerquita, susurrando vida, respiración boca a boca.

 

Si hubiera podido agregar algo más durante mis intervenciones en dicha travesía por el sur, dejaría claro que vengo de un país llamado México, proyecto de nación que fue fundado a través del exterminio/exclusión de las poblaciones de color (Indígenas / Negras), no solo en el imaginario racial de la republica criolla naciente, sino en la violenta  narrativa del mestizaje como trampolín hacia una incipiente nación menos indígena y negra, mas blanca, así fuera a través del exterminio. Y de esto, nada que celebrar, no existen condiciones de representación en mi persona, y mucho menos al atravesar las fronteras que trazo dicho proyecto.

 

Por si fuera poco, agregaría: soy poeta y en mi boca el “Yo” siempre ha sido colectivo.

 

reco.jpg